11 de Febrero, 2010
Opiniones acerca de la novela de Alberto Ramponelli
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“Apuntes para una biografía”, de Alberto Ramponelli
(Editorial Simurg)
"Realmente es una excelente novela, de esas que uno no puede parar de leer pero tampoco queremos que terminen. Con un muy buen juego narrativo y con los condimentos que Ramponelli suele sorprendernos: su visión particular de los ´70 y la magia o ciencias ocultas siempre presentes en su escritura. “Apuntes para una biografía”, altamente recomendable".
Norah Lorenzo (Diario “Compromiso”)
"Con una prosa eficaz y apelando a distintas voces narradoras, Ramponelli reconstruye el difuso perfil de su protagonista, un muchacho que en los ´70 retorna a Argentina y rápidamente se involucra en la actividad política de la época. Sin embargo, el joven guarda otras intenciones que se revelarán con el correr del relato, pero sólo gracias a –o a pesar de- las versiones de otros que se fueron topando con él. Por lo demás, también flota la idea de que una biografía, con sus pretensiones de relato cerrado, no resulta tan interesante como los diversos apuntes que hacen falta para escribirla".
Carlos Romero ( Revista “Veintitrés”, 28/1/2010)
“Apuntes para una biografía”, el nuevo libro que Rampo construyó a partir de fragmentos narrativos, que si bien funcionan de manera autónoma, están conectados a través de Echenique, el personaje principal. ¿Quién es Echenique? Lo poco que sabremos al encarar el libro es que se trata de un curioso personaje que utilizó la militancia política de los ´70 con una finalidad secreta”.
Andrés Llinares (Diario “Anticipo”)
“La biografía en cuestión -aunque esto, se aclara, es novela- es la de Edward Echenique, maestro de las ciencias herméticas en nuestro país, deportado de EE.UU. en 1969, y alguien que el narrador reconoce no saber exactamente quién es”.
Revista Ñ (28/11/09)
“La novela “Apuntes para una biografía”, de Alberto Ramponelli, obtuvo el premio Fondo Nacional de las Artes 2008. Integraban el jurado Ana María Shua, Guillermo Martínez y Juan Martini. Un regreso dispara una serie de situaciones en las que su protagonista irá descubriendo una desconocida historia personal”
Perfil Cultura (27/12/09)
"¿Cómo escribir una biografía? La primera exigencia, según aseveran los cánones cientificistas, es la veracidad, sin embargo, Juan José Saer dijo que eso es solamente un supuesto retórico del género. Por ese motivo, el autor sugiere al lector no abandonar en ningún momento la actitud de desconfianza.
El biografiado, Edward Echenique, llega a Buenos Aires deportado de EE.UU., casi a inicios de los 70, fecha que da a la novela un marco de referencia de gran movimiento social y cultural. Una trama que retrata una época de gran esfervescencia, pero no deja de lado el trabajo intimista, que sólo se logra modelando delicadamente la arcilla de cada personaje, asumiéndolo a un entorno conflictivo, donde la dictadura instalada en 1976 también juega su papel".
Ruben Sacchi (Diario de los poetas)
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 15:07, Categoría: librocomentarios
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Manuel Del Cabral - Sexo cumpliendo...
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Digitales delicias gobiernan superficies. El lecho cruje, cruje de pueblo fabricado a besos. De pronto un sudor blanco roba el futuro en gotas, y un sabor hay de mar que busca no ser agua, sabor de ropa derrotada a clima, a ternura de plumas prisioneras, a mañana que anda por su cuerpo, por su aluvión de tibia nieve a sueldo: censo precipitado, derretido, pequeña muerte desprendida viva. Desprendida, invadiendo dominios de líquidas raíces, y a ocultos empujones azules, por sus venas: nadadores extraños, materiales secretos que galopan cruzándose de vida; un resbaloso mundo de minutos con siglos, un semental tumulto que anónimo prepara espacios dolorosos, números obligados a levantarse como héroes... Sin embargo, gomas hay ataúdes, redes para mariscos terrenales, se coagulan sus ángeles sin puerta, cielo de caucho eunuco los ahoga, mata sus puros empujones blancos, mata sus furias de humedad reunida. Pero terca, toda la zoología se le sube a su cuerpo, por sus manos elásticas como palabras, por el valiente oficio de pan que hay en los senos, anda un blando, anda un suave, anda un dulce silencio de leopardo. Y la materia tiembla, tiembla sobre boticas y birretes, sobre encuadernadores de siglos educados, y como un dios que entra apartando trigales enlutados, sólo su clima sólido de súbito abre auroras profundas, vigiladas, para poner de pie cada año a la tierra.
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 15:03, Categoría: poesia
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Lluvia ácida, de Romina R Silva
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Cantarle a un muerto revivirlo en la voz que lo invoca llorar el llanto pasado recordar
las fundas pinchadas del cielo pérdidas ácidas muerte fluorescente
piel fuego no piel efervescencia del cuerpo restos pedazos de sueños muertos.
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 15:02, Categoría: poesia
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Ya no Puedo- de Sonia Iris Menéndez
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Se acaban las ganas y las utopías Se van marchitando con tanta desidia Esa omnipotencia del poder de algunos Ya no puedo, me asusta el camino Abrir el cerrojo y traspasar la puerta Que el cambio es posible Que un mundo distinto espera allí afuera
Se acaban las fuerzas y también la alegría Viene la tristeza con manos heridas Con brazos quebrados y piernas en sillas Rocas que se brotan de la madre tierra Aguas que desbordan sin pedir permiso Calor sofocante se ríe de hielos El frío se escapa hacia otro universo El sol ya no puede cuidarnos del daño La luna nos mira y recibe pedidos
Acá estamos cuerdos- dicen los que “saben” Acá nos morimos- decimos los locos El hambre se come en sí mismo al humano La sed de conciencia no calma con agua Los ojos del alma me duelen Los ojos del alma me duelen Despierto! No fue pesadilla Y puedo…voy rumbo a la puerta Vamos?
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 14:59, Categoría: poesia
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Delfina Acosta- Hora nocturna
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La anciana se hallaba sentada sobre la silla de ruedas, siguiendo con la mirada los movimientos del animal. Era un angora de ojos relampagueantes sumergido en la penumbra del patio cuya humedad parecía oler, por momentos, a las adelfas. Siempre los gatos me han parecido animales fantásticos. De un salto estaba caminando ya sobre el tejado de la casa vecina, y los perros de la calle, al divisar su figura escribiéndose en la luna llena y rojiza, se largaron a ladrar enfurecidos. - Ella casi no da trabajo - me dijo la señora Esperanza. Tenía el cabello de color ambarino, la nariz aguileña, las gafas oscuras, y esa atención falsa, excesivamente amable, que ponen las mujeres movidas por un propósito urgente.
No hubiera querido trabajar como dama de compañía, pero la larga enfermedad de mi padre, con su amarilla cara de vela que se derretía, y el cigarrillo apagándose - a menudo - en su boca salivosa, me empujó a presentarme como la candidata solicitada en el diario: “Se necesita dama de buen trato, aseada, responsable, con conocimiento de primeros auxilios, mayor de treinta años, sin retiro...”. El té de chamomilla estaba caliente. Y la bienvenida muy afectuosa, aunque difícil de sostener, a ratos, por la mujer, quien parecía cansada.
Después de decir que sí a cuatro recomendaciones puntuales, llevé a la anciana a su habitación. El reloj de pared marcaba las ocho de la noche.
Con la cabeza reclinada sobre la almohada de su cama (usaba dos jergones viejos) se largó a hablar: “Él estaba enamorado de mí. Cuando yo ejecutaba “Para Elisa”, de Beethoven, en el piano alemán de la familia, sus sentimientos parecían accidentarse porque se le caían las lágrimas. Claro que Beethoven es trágico, patético, apocalíptico. No hablábamos casi. Es decir, sí, un poco. No nos decíamos aquellas palabras con que se aprietan los novios, contra una muralla, en la oscuridad, pues éramos dos tímidos chicos de la alta sociedad que crecimos con el más austero sentido de la vergüenza. Tratándome de usted, escúcheme señorita Teresa, ¿puede servirme un poco de agua mineral?, me preguntaba si había leído el libro de San Agustín, o de Platón, y cómo me sentía; yo, con el usted también en la boca, le contestaba que mi bien era su persona, su presencia, o sea su esmero, por no decir gala: aquel traje de gabardina azul con estilo que olía a sustancia parisiense y esa tira de seda negra anudada a su cuello; le juraba que mi contentamiento estaba en él, sentado allí, sobre la silla de mimbre, a una baldosa de distancia de las penumbras de la sala, siempre decente, como correspondía, sin pasar de largo el horario de visita. Éramos una familia de método, o sea, de reloj”. Zas! La vieja deliraba. La chochera..., la mente ida..., pero era previsible, después de todo.
Así son las personas de edad. Rememoran a sus novios muertos hace muchos años. Hablan de largos viajes que hicieron en un trasatlántico, y te preguntan si has viajado con ellos en el buque de la compañía tal, y si recuerdas los apellidos de los pasajeros de primera clase, los apellidos que salían a relucir en los saludos de presentación, y quieren saber qué impresión te han dado aquellas nuevas amistades italianas que con sus copas demás y el mareo volcaban la noche titilante sobre la cubierta del barco de modo que el mar caía en el cielo. Le indiqué que debíamos dormir. Señora..., señora..., está por dar las nueve... No me respondió; estaba ya dormida.
No podía conciliar el sueño y era ya pasado el espectáculo de las estrellas y entrada la función de los murciélagos. Un benteveo aventaba una queja lastimada al viento y una fina llovizna caía sobre los cipreses de la vereda; estaba pues yo cargando con el fardo de la hora nocturna que se acentuaba con el silencio asmático de la habitación. El benteveo empezó a picotear la rama; hacía un ruido de segundero de reloj de pared; la anciana habló.
“Aquel día de octubre apareció por el pueblo un hombre cojo y acuciado por la sarna. Quería ganarse unos cuantos pesos, sólo unos pobres pesos; llegó hasta el portón de mi casa, me ofreció su servicio de jardinero, y no se lo creí. Cuando yo no creo me suelo enojar. Lo dejé pasar, sin embargo. Me habló de las flores, de las petunias, de las hortensias, de las caléndulas, y me reveló las propiedades medicinales de ellas, que las anoté en el papel de mi delantal. Para el alma, los jazmines; para el despecho, los ranúnculos; para la traición, las rosas imperiales; y las plagas de las violetas para el dolor del corazón”, dijo con una voz a la que a veces parecía no llegar a tiempo, acuciada como estaba por sus bronquios llenos de catarro y el inicio de una tos ferina. - ¿Y usted le creyó? - Pues sí. Además me leyó el futuro. Me dijo que sería adinerada. Estaba fantaseando demasiado. Por momentos me preguntaba si ya había amanecido; le contestaba que no. Entonces ella me explicaba que era la hora en que las aguas del río se limpiaban, porque el río no es más que ropa que se lava, y que la gran crecida llegaría en tres días de modo que la casa perdería, para siempre, su collar de diamantes. Un acceso de tos le tapó la boca. Y un sueño pesado cayó sobre mí.
Dos personas en la calle discutían mientras orinaban en la vereda. Estaban ebrias. El de la voz grave quería ponerse de acuerdo con el de la voz aguda para cesar de discutir y perpetrar de una vez el delito. Como no existía perro que defendiera la mansión calculaban que se meterían con cierta facilidad en la sala y se llevarían las alhajas de oro, y aquel anillo de diamante de la Lynch, que sobrevivió al saqueo de la guerra grande, según me había relatado cuatro veces la vieja, aunque yo le dijera que ya le había oído relatarme. Los oí discutir mientras la calle empedrada los llevaba para abajo, hasta que se los tragó una esquina sin iluminación y el último fogonazo de un auto que perdió bruscamente la dirección. Adiós, borrachos. Adiós.
A las diez de la mañana serví a la anciana café con leche, huevos de codorniz revueltos, rosquillas de anís untadas con dulce de leche y una presa de pollo. Comía sin apuro y bien. Saboreaba el desayuno como si fuera el primero de su vida. Se tomó su tiempo que era mi tiempo. - Lleve la bandeja al perro para que lo limpie - dijo. No había lebrel, dogo, perdiguero, pastor alemán, ni criatura parecida a un perro, ni pulga siquiera, salvo la sombra de la estatua de la pitonisa de bronce, en el corredor, que tomaba, a veces, la forma de un animal dispuesto a saltar sobre su presa.
Calamidad: La señora Esperanza desapareció. Me echó el fardo, su madre, encima. Ninguna nota, ninguna carta, ni siquiera una grasienta esquela, nada. La busqué en las calles. Y más allá de las calles, en los domicilios de los muertos, en las aguas. Pero los estibadores no habían visto a ninguna mujer con sus características caminar por las orillas del río. Y las olas, con su piel escamosa y sus láminas doradas, sólo habían arrojado a las playas dos enormes pescados muertos y una chapa oxidada. Pasaron tres días y tres noches. Ella me contaba, a la hora nocturna, los cuentos de sus delirios. Aquella noche goteaba. Tres gotas sobre un batráceo. Más gotas... El sacudón de un relámpago que cayó cerca de la iglesia Catedral apuró sus palabras.
“Mi esposo me amaba. En el primer aniversario de nuestra boda me regaló un collar de diamantes y un traje enterizo de color bermejo. Un auténtico Chanel. Yo le dije que para qué, que con su cariño me tenía por bien vestida. Ah.... el collar... Y había ocasiones en que lo usaba, contadas ocasiones, desde luego... ”, suspiró. - Dónde está el collar - me encontré diciendo, desesperada, pues nuestra situación era calamitosa por donde quiera que se la mirase. - ¡Ajá! ¡Conque resulta que me cree! - respondió triunfante. Por fin alguien le daba un voto de confianza, algo parecido a un cariño, antes de caer el telón sobre su vida. - Siempre creí en usted. - Búsquelo en la chimenea, debajo de un ladrillo marcado con una cruz gótica. Salí disparando de la habitación. Escarbé. Torcí mi dedo índice. Tal vez arañé. Forcé la caída del ladrillo con una horquilla para heno. Ahí estaba, con sus ojos de perro en la obscuridad, mordiéndome casi la mano, como si se defendiera rabiosamente de la luz. Volví cantando a la habitación de la anciana. Y ella, maravillada de mi humor, cantó conmigo.
Afuera llovía. Era noche cerrada con sol
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 14:57, Categoría: cuento
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ALLÁ DONDE MIRE, de Juan Manuel Alvarez Romero
Con certeza sé que el silencio me persigue allá donde mire… Este silencio tiene un cierto olor… Allá donde mire…pues me confunden… Siento en mi brazo como me atrapa la tristeza…- Los fusiles disparan al cielo “como si el cielo tuviese la culpa de todo”… Allá donde mire…pues me confunden… Escucho rumores… Allá donde me esconda…pues me confunden… Siento el miedo… Allá donde mire… Suenan sirenas de peligro… De gemidos insonoros bajo centenares de escombros… Allá donde me esconda… la vergüenza… Las voces me persiguen… La impotencia… No poder socorrer quien grita mi nombre entre sollozos… Allá donde mire…pues ya no tengo miedo… Ya… no es mi soledad si no la de otros… pues gritan y nadie escucha… Allá donde mire…pues ya no me escondo…soy yo quien grita… Allá donde mire…los techos se derrumban… Allá donde respire…siento como el alma se resquebraja en un crujir sordo… Nadie quiere mirar al frente, miran al suelo sucio y gris… Gotas rojas salpican este suelo sucio… Allá donde mire… el rojo aparece…no desaparece… Allá donde mire…ya nadie quiere volver a mirar… Allá donde mire…las flores grises…junto a niños tristes… Gotas rojas salpican de nuevo pero ahora sobre niños y flores… La impotencia se gira hacia mí… ¡vuelve hacia mí…se aferra a mí!…lloro… Allá donde ya no queda que mirar sigo con la mirada a los que vienen de vuelta, con ojos ensangrentados y lagrimas roja…
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 14:11, Categoría: poesia
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Roberto Quesada- Había una vez… otro poeta José Adán Castelar
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“Ahora mismo yo podría disparar una bala en este poema”— J. A. Castelar, poeta hondureño.
En fechas de antihomenajes y homenajes en Honduras, le hicieron un merecido tributo al poeta José Adán Castelar, allí no hubo medallas de oro ni de plata ni de lata pero sí el cariño de la gente, de la juventud, el amor del pueblo. Ese es mejor galardón que cualquiera de aquellos que se autoproclaman héroes e inmortales. Hugo Xaul Salinas, parte de los coordinadores de este evento, me invitó a que (d)escribiera sobre el poeta José Adán Castelar.
Allí Pavel Núñez, ese gran músico de Café Guancasco, leyó mi nota, y andaban las chicas y el chico del programa que cada día se roba más corazones de la audiencia nacional e internacional, tanto por su diversidad como originalidad, me refiero a En la Plaza, que se transmite, de ocho a nueve de la mañana, a través de la mundialmente difundida Radio Globo y sus bienhechores periodistas Merlyn Aplícano, Gilda Silvestrucci y el caballero andante (no mutante) Kenny Castillo. Precisamente ellos me pidieron la lectura de este modesto pero sincero homenaje al poeta Castelar, y sin duda que no dije que no, pero antes debe de salir publicado en el diario de los hondureños/as, ¿cuál otro? Diario Tiempo. Y aquí les va el poeta Castelar al desnudo:
Había una vez un restaurante, a su propietario Enrico Paolo Tosso, se le
ocurrió esa gran idea de bautizarlo como Había una vez, no lo pensó dos veces. Y le quedó muy bien. Pero esta vez, hoy, a mí me invitaron, lástima que en esta ocasión sólo pueda viajar a través de la palabra. Y aquí estoy, pues ni cosa mejor ser invitado aunque sea a la distancia a un tributo al gran poeta José Adán Castelar. Esta vez sí que lamento no estar personalmente en Había una vez, no pierdo la esperanza de que haya otra vez en Había una vez la posibilidad de estar por vez primera en esas hermosas reuniones que sólo se logra con el arte, la cultura.
Después de siete meses verme hablando de poesía y de poetas es como si estuviera despertándome de golpe, de un golpe. Y en qué estado! Limitar, limitar el pensamiento no se puede, ni se debe. Y desde niños con mis hermanos admiramos al poeta José Adán Castelar. Vivíamos en Montecristo, rodeados de las plantaciones de piña de la Standar Fruit Company. Por eso el poeta Rigoberto Paredes, si me está Melendo por allí junto a Anarella, lo recordará con precisión, dijo sobre mí y mi novela Los barcos una frase célebre: “Roberto llegó a Tegucigalpa con una piña bajo el brazo”. De esto tendrán más detalles en el cuento que preparo: Las maldades de don Rigoberto.
Martha e Iván estaban muy pequeños, quizá por eso no lo recuerden bien. Ahora, José Adán, Carlos Eduardo y yo sí recordamos que desde entonces lo admirábamos, al ya para nosotros aunque estaba joven, viejo Castelar. Nuestra máxima admiración era a la hora de la comida, eran aquellos tiempos en que lo mejor era para el jefe de casa, el padre. Nos sentábamos en la mesa, y nuestra madre servía la comida, un pollo, para el caso, los muslos eran para el poeta, la parte recubierta del pecho eran para el poeta, y recuerdo como si hoy fuera aquellos tiempos, el poeta llamando a nuestra madre: “Marthaaa, se te olvidó traerme la piedra.” Esa es una parte rara del pollo, pero al poeta le encantaba. No sé si todavía le gusta, esto podrá decirlo Gladys, mi madrastra de crianza.
Allá, a solas, reunidos los tres hermanos, José Adán decía: “Cuando esté grande le voy a decir a mi mujer que haga dos pollos, uno para ella y los hijos y otro para mí”. Carlos Eduardo aseguraba que no se iba a casar, que prefería ser cocinero, terminó siendo abogado. Yo sí juraba seguir los pasos del poeta: sentado esperando a que mi mujer me sirviera lo mejor del menú, exigiendo la piedra. Pero el mundo cambia y ahora muchas veces es la mujer que espera en la mesa a que el hombre le sirva. Sin duda, me di con la piedra en los dientes.
Perdóneme poeta Castelar, pero se llega a una edad en la que la verdad tiene que decirse. Estaba muchacho, yo era flaquito como el que está leyendo esto, Pavel Núñez (con quien tengo pendiente encontrarme un día en El Club de los idiotas), sí, aunque no lo crean así era de flaquito. Eso sí, más alto y guapo. A don Adán le gustaba la cacería sin fusil, y mi madre lo avanzó in fraganti más de una vez con las manos en masa ‘glutásea’ de más de alguna vecina. Al enterarme de esos encuentros don Adán influyó tremendamente sobre mí, yo también quería ser cazador, digo, escritor.
El poeta Castelar pedía perdón una y otra vez hasta que un día mi madre ya no pudo con tan poético semental, y lo mandó con la poesía a otra parte. Allá llegaba a vernos, a La Ceiba, a escondidas. Pero creo que nunca ha perdido esa condición de felino casi depredador, entre vernos a nosotros, los hijos, primero a tres cuadras, después a dos, a una, se acercaba a la presa. Y una madrugada lo vi salir antes que amaneciera del dormitorio de mamá. Ella no quería perder la autoridad delante de sus hijos. Ay qué don Adán! Me lo imagino riendo a mandíbula caliente mientras esto escucha. Lee con pausa Pavel, no vaya a ser que se atragante, así le pasa a uno cuando tiempo después le cuentan la
verdadera vida de uno mismo.
Todas esas cosas, todos los hijos e hijas de don Adán, siempre las hemos pasado por alto. Tanto los hijos con mi madre como los que llegamos con ella (los hijos de Chandito, Lisandro Quesada) nos hacemos los que desconocemos las historias prohibidas de Castelar. Ana, nuestra hermana mayor --por cierto, tuvo la mala suerte de que su hija Idalmi diera a luz durante el golpe y por eso ahora a ella se le conoce como La abuela de los camisetas blancas-- cada vez que quiere ver al poeta Castelar le ofrece tortillas de harina o espaguetis. Norma avisa que habrá pollo. Martha anuncia una sorpresa culinaria. Anarella con un ‘véngase a mediodía, poeta, que tenemos un especial de la casa’. Todas ellas tienen una competidora natural, Gladys, esposa de crianza del poeta, quien, cuando él anuncia esa salida, ella dice voy a hacer mondongo o algo por el estilo. El poeta duda, pero sabe que ella es de casa y las otras invitaciones son circunstanciales. No hay quien lo detenga. Y les aseguro que a ninguna de estas mujeres les falla, siempre llega. Culpa de mi madre por eso de servirle a la mesa los muslos y otros delirios de la cocina casera.
Nuestro hermano menor, me cuentan, quiere sacarle el jugo a esta bendita corriente literaria de la familia, por eso Hugo Xaul es responsable, en parte, de este merecido homenaje al gran poeta José Adán Castelar. Hoy no quise hablar de su poesía porque no me compete a mí, somos familia y lo queremos, por tanto, antes de que escriba cualquier cosa ya está aprobada: eso sería trampa. Y no es bueno que la poesía se involucre en esas cosas en el país más “tramparente” del mundo.
Poeta, estoy contento de estar aquí, aunque sea en palabra. En este momento se me vienen tantas anécdotas hermosas, como cuando lo invité a aquel restaurante chino y a mí me dieron tenedor y a usted le dieron palillos y se le salieron ese montón de malas palabras contra los chinos por andarlo confundiendo con ellos… Sí, me río gran poeta José Adán Castelar, pero también comienzo a ver borrosa la pantalla de esta computadora y no es por la nieve ni la lluvia, no, estoy dentro de casa, con el otro Robertito andando por allí, Lucy alucinando en algún lugar de la casa… Y cada vez veo menos, más borrosa la pantalla, tal como la garganta de Pavel se congestiona cuando la poesía la invade, no es nada, es sólo otra manifestación del amor. Besos.
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 13:59, Categoría: periodico
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Conferencia: La resistencia y su esencia política en Tegucigalpa
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"Esencia Política de la Resistencia Nacional" Jueves 18 de febrero-3:30 p.m. -Sede del Colegio de Profesores de Educación Media de Honduras, COPEMH -Tegucigalpa. Dra. Irma Becerra
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 13:56, Categoría: agenda isla negra
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Candelario Reyes García- Honduras
PARAFERNARIA INMUTABLE
La humanidad gime en una elipsis que la succiona
¿Qué sistema de aguijones es éste, qué imperio de mandatos?
El viento que se arrastra parece provenir de los giros de escorpiones y su risa un zumbido de insaciables abismos de horror.
¿Quién idea las armas y los gendarmes de esta profecía de alto del nivel y milenios de condena?
El fondo del mar, un plato frío de huellas de la degradación y el cielo, hierve como un espejo de muerte, servido con mantel de boca hábilmente bordado con venenos complacientes.
La vibración de una cuerda, quizá un coro sacro, borrándose entre la nubosidad del polvo, cierren las esquinas del horizonte.
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 13:54, Categoría: poesia
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No se entiende- Por Juan Gelman

No, no se entiende. Fuera de España no se entiende qué está pasando en España con el juez Baltasar Garzón. ¿A proceso por su intento de juzgar crímenes de lesa humanidad? ¿Lo castigan por su desvelamiento de la oscura trama de corrupción tejida por personalidades de un partido político? ¿Se judicializa la política española? ¿Se politiza la justicia española?
Conocí al juez Garzón en 1997, cuando, con mi esposa Mara La Madrid, le elevamos una denuncia por el asesinato de mi hijo Marcelo Ariel y la desaparición de mi nuera María Claudia, padres de una niña o un niño nacido en cautiverio del cual supe la existencia por la Secretaría de Estado de El Vaticano. Era el único juez ante quien podíamos hacerlo: no había otro en el mundo dispuesto a escuchar el relato de los crímenes cometidos por la dictadura militar argentina. No había otro juez en el mundo que atendiera las heridas de las víctimas de Pinochet y no hubo otro que decidiera procesarlo.
Lo volvimos a ver en el 2000, esta vez para querellar a los represores de la dictadura uruguaya que asesinaron a mi nuera, le robaron la hija –era una niña, mi nieta, a la que encontré 23 años después de nacida– y desaparecieron los restos de María Claudia. Nos recibió con la misma deferencia y con un rostro que el sufrimiento ajeno le había escrito. Salimos de su despacho con alguna esperanza de justicia, la que esperaban y aún esperan centenares de miles de castigados por la espada en nuestro continente.
No voy a fingir una inocencia que no tengo. En la Argentina habemos jueces que violan el derecho de gentes, el derecho humanitario internacional, los derechos de los agredidos, la moral y la ética más corrientes, movidos tal vez por viejas complicidades. El juez Garzón no pertenece a esa tribu y que lo juzguen por hacer justicia no se entiende. No lo entendemos en América latina. Tampoco en otras partes del mundo.
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Por lobogabriel - 11 de Febrero, 2010, 13:50, Categoría: periodico
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